
Monocultivos
En mi camino hacia el sur de España he visto el paisaje cambiar. Según se desciende el suelo se hace más seco, árboles caducos son reemplazados por el pino mediterraneo, la hierba se vuelve escasa y es más normal ver tierra desnuda.
A partir de un punto en el camino a Málaga sin embargo, amplios campos de cultivo de olivares se adueñan del paisaje. Monocultivos de árboles que han sido cuidadosamente plantados en filas con espacio suficiente entre ellas para que un tractor pueda pasar, y nada, absolutamente nada más es permitido que crezca en ese campo.
He de admitir que cuando ví estos interminables campos de olivos por primera vez aprecié el orden, la impecabilidad y la cabezonería de los humanos por controlar la naturaleza, y a mis ojos era bello, limpio, predecible y cómodo.
Sin embargo, según me visualicé caminando entre esos olivos y me conecté con el entorno, la sensación que me llegó no era la esperada y mi visión del paisaje cambió inmediatamente.
Ya no podía apreciar belleza alguna. Sólo podía sentir tierra sobre trabajada, desnuda, exhausta y muy erosionada, árboles abusados que habían sido forzados a vivir en fila y un gran sentimiento de soledad. No permitiendo el crecimiento de ningún tipo de vegetación que no sean olivos, la fauna también se ve afectada y sólo aquellos animales que se alimenten de olivo encuentran hogar en esos terrenos. Es un mono-impuesto hábitat donde nada vive en armonía y convivencia. No hay conexión, no hay relaciones de mutuo beneficio. Cero biodiversidad.
Aquellos árboles se sentían muy muy solos.
Erosión, barro pegándose en mis botas, vacío y anhelo de compañía y conexión.



